martes, 21 de mayo de 2024

Capítulo 9: lluvia en abril


 Un halago, cuando se es halagado, no es halago sino complacer. Yo no los digo para ser devueltos, y tú me los das solo cuando los recibes, como si te forzase a ello. No me digas que soy hermosa como si yo misma te obligase, dímelo cuando así te lo parezca y no puedas callar tus adentros.

 Sobrepienso tanto que esa ya es mi forma de pensar. Hasta a tus distintas maneras de contestarme puedo darles mil significados: me echaba de menos, le ha gustado que le hablase, está ocupado, le ha molestado mi mensaje.

 Siempre me consideré una persona independiente, así me educó mi experiencia y así moriré, forma parte de mi esencia. Y, sin embargo, me vuelvo tan vulnerable cuando empiezo a encariñarme. Mi vida gira en torno a ti y al dolor de que no estés aquí, pero el no querer no es tan malo cuando sale solo; si el querer hay que forzarlo pierde su encanto.

 Te pienso más de lo que nunca llegaré a confesarte. Nos hace vulnerables mostrar lo que sentimos, permitimos que la otra persona pueda jugar con nosotros, sabe que ya nos tiene y no necesita de su esfuerzo para conseguirlo. Y, aun así, quiero decirte todo para que veas que estoy aquí, para que centres tu atención en mí y, así, tal vez ser feliz.

 ¿Lo seré si me ansías? Anticipándome al futuro no lograré una respuesta definitiva. Puedo imaginarme en tu cama, despertándome y dándote los buenos días, comiendo juntos lo primero que veamos en una nevera casi vacía, y tirándonos en el sofá mientras el mundo gira y a nosotros nos da igual.

 Me gustan los detalles pequeños, me conformo con poco y aún menos es lo que tengo. No quiero pedir aquello de lo que carezco, solo que aparezca y poder vivirlo a tiempo. Se esfuman, se disipan, mis esperanzas siempre son las mismas, cada vez más efímeras.

 Si llegas a leer esto, ¿pondrás tu nombre en cada frase de este texto? ¿o pensarás que añoro a otra persona, sin darte cuenta que es por ti por quien escribo noche y día? La respuesta nunca clara, tus besos ya no me recuerdan nada.

 Caí rendida cientos de veces, me levanté y me recompuse. Sigues siendo una espina en mi jardín lleno de lilas. No serás mi compañero, ni me darás tu mano cuando atraviese el infierno. Ya no te espero, no busco tu consuelo. Mas si quieres volver, házmelo saber. Estaré siempre para ti, como el sonido de la lluvia en abril.


No hay comentarios:

Publicar un comentario