jueves, 17 de marzo de 2022

Capítulo 2: pensamientos nocturnos ansiosos

 


    Me cuesta respirar despacio cuando pienso demasiado. Mis redes neuronales parecen tener activada una velocidad de información triple y mi cuerpo, igual triste por sentirse inservible, reacciona igual y empiezo a acelerar en todo. Mis movimientos, intranquilos e hiperactivos; mis palabras, con interrupciones y sin sentido.


    Nunca busqué formas de relajarme más allá de un volumen alto en la música de mis auriculares, que cada seis u ochos meses dejaban de funcionar y empezaba el dilema de tres días sobre cuáles comprar. Todo para lograr esta forma de abstraerme, de dejar que entre en mí un ritmo que me transporte y me haga sentir bien. 


    Y los fondos: los colores de absolutamente todo lo que me rodea, la conexión que siento con el ambiente, como si fuésemos aliados sentimentales en busca de consuelo. Al fin y al cabo, qué somos los humanos, por mucho que guardemos en nuestro interior, si no tenemos nada con qué compartirlo. Para qué quiero piernas, si no puedo recorrer caminos novedosos cuyo destino intuyo pero desconozco. Mis ganas de explorar, cada vez más inexistentes, pero sé que nunca se irán.


    A veces considero que mi ciclo menstrual domina sobre mí. Contrario a lo anterior, sintiendo que es mi cuerpo el que se apodera de mí; el que decide dónde, cómo, cúando... y yo, con un espacio reducido permitido para mi ser consciente, simplemente tengo que entenderlo y aprender a vivir con ello. Quizás no tiene sentido explicar mis cambios de humor a nivel hormonal... quizás, simplemente es otro delirio; un pensamiento nocturno ansioso. 


    No descarto que la solución a los enigmas de lo que escribo pueda hallarse con una explicación en tres pasos, tal vez cinco. Igual en mi mente todo se vuelve problema mientras que en la realidad que habito son preguntas sin sentido. Pero tampoco tengo forma de saberlo. No puedo diferenciar entre lo que sí importa o lo que no, o al menos carezco de una escala de intensidad de mí misma. La cual sería útil pero, ¿no también dañina?

miércoles, 16 de marzo de 2022

Capítulo 1: morir en lo absurdo

 


        Yo, constantemente preocupada por mi alrededor, pendiente de todo a modo preventino para evitar algún mal mayor, me encuentro siempre dentro de un bucle pequeño pero infinito, dando vueltas constantes, imparable… mas no logro que mi persona así sea, sino que me asemejo a alguien dominable.



        Yo, que me centro en no errar, para acabar errando, y en no fallar, para acabar fallando, acabo gran parte de veces pensando si todo el camino andado habrá, o no, sido en vano. Si todos mis desconciertos habrán conseguido aclarar lo que dentro guardo o si más bien me he acostumbrado a vivir con ellos y ya no puedo evitarlos.



        Y es que yo, cansada de hablar tanto de mí misma acabo siendo la base de una conversación aburrida, que intento salvar con chistes o frases dispares sobre cómo amaneció el día. Me tacho de egoísta cuando estoy en casa a solas porque no conozco otra forma de hablarme, o quizás es que aún no sé cómo engañarme.



        De verdad que intento no ponerme tan fría cuando reflexiono sobre todo, y sobretodo sobre lo que agoniza pero, no doy, incluso cuando asfixia soy sólo un delirio convertido en persona. Una prueba más de que la mente propia se puede convertir en tortura y de que lo que clasificas como sin importancia siempre vuelve para dejar una marca.



        Me emparanoyo, me autosaboteo, convierto en mío todo lo que no es mío y echo la culpa de mis desvaríos quizás a alguien que ni fue testigo del delirio porque... intento no cuestionarme el mundo, pero siento que él a mí sí; siento que me rodeo de quien quiero en función del momento y que no soy realista con lo que tengo o quiero.



        Yo, podría escribir un malestar en un minuto, tras veintidos segundos inexactos uno distinto y, aún viendo en texto todo lo que no escucho porque no digo, cuestionarme su validez y preferir olvidarlo. Me silencia mi propia voz diciéndome que calle, que relato irrealidades, que en verdad no puedo morir en lo absurdo.