Yo, constantemente preocupada por mi alrededor, pendiente de todo a modo preventino para evitar algún mal mayor, me encuentro siempre dentro de un bucle pequeño pero infinito, dando vueltas constantes, imparable… mas no logro que mi persona así sea, sino que me asemejo a alguien dominable.
Yo, que me centro en no errar, para acabar errando, y en no fallar, para acabar fallando, acabo gran parte de veces pensando si todo el camino andado habrá, o no, sido en vano. Si todos mis desconciertos habrán conseguido aclarar lo que dentro guardo o si más bien me he acostumbrado a vivir con ellos y ya no puedo evitarlos.
Y es que yo, cansada de hablar tanto de mí misma acabo siendo la base de una conversación aburrida, que intento salvar con chistes o frases dispares sobre cómo amaneció el día. Me tacho de egoísta cuando estoy en casa a solas porque no conozco otra forma de hablarme, o quizás es que aún no sé cómo engañarme.
De verdad que intento no ponerme tan fría cuando reflexiono sobre todo, y sobretodo sobre lo que agoniza pero, no doy, incluso cuando asfixia soy sólo un delirio convertido en persona. Una prueba más de que la mente propia se puede convertir en tortura y de que lo que clasificas como sin importancia siempre vuelve para dejar una marca.
Me emparanoyo, me autosaboteo, convierto en mío todo lo que no es mío y echo la culpa de mis desvaríos quizás a alguien que ni fue testigo del delirio porque... intento no cuestionarme el mundo, pero siento que él a mí sí; siento que me rodeo de quien quiero en función del momento y que no soy realista con lo que tengo o quiero.
Yo, podría escribir un malestar en un minuto, tras veintidos segundos inexactos uno distinto y, aún viendo en texto todo lo que no escucho porque no digo, cuestionarme su validez y preferir olvidarlo. Me silencia mi propia voz diciéndome que calle, que relato irrealidades, que en verdad no puedo morir en lo absurdo.
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