martes, 19 de abril de 2022

Capítulo 3: ¿qué siento?

 

    [Te vas; todo lo que envuelve a tu persona, aún cerca de mí por un breve tiempo más, empieza a semejar un simple recuerdo; no me gusta recordar. Me hace sentir estúpida, ilusa, confusa... con una morriña tan punzante y aguda que me marea; la confusión de si estás o no se convierte en negación. Me hallo, a cada hora más ansiosa y a cada minuto más llorona. Tal vez no sé expresar qué siento, tal vez nunca fuese bueno.]

    

    Me despierto. La sensación de haber dormido bien pero no suficiente me inunda. No quiero perder la posición horizontal de mi cuerpo, estar estirada y a la vez contraída buscando la mejor postura para estar un rato más en silencio, a oscuras... En mi habitación nadie perturba mi cordura, nadie entra sin mi permiso, sólo estoy yo pensando en como ojalá mi cabeza tuviese también una puerta física a la que sólo yo tuviese acceso.


    El desamor, comparado con una droga que necesita su propio periodo de abstinencia, o dolor intenso y profundo sin daño fisiológico aparente, no tiene forma sana en la que existir; nace de la tristeza, la mantiene durante un tiempo y, cuando ya te dañe suficiente, se va. Aún presente a largo plazo, no siempre duele igual; a veces me impide dar pasos sin llorar, otras intento verlo como un reto que afrontar.


    Se agrupan en nuestra mente planteaciones, conscientes e inconscientes, basadas en si merece la pena querer de nuevo o no volver a ser querido, a base de indefensión aprendida. Creo no ser yo la culpable del daño pero es inevitable sentirse de vez en cuando el motivo que lo provoca; un estímulo aparentamente neutro que no sé manejar y acabo viendo como negativo. Quizás darle nombre y sentido a todo lo que me rodea es lo que lo hace tan dañino.


    De todas formas, personalmente, creo haber cogido cierto gusto a los sentimientos negativos, siendo sus contrarios apenas perceptibles en mí misma. No porque me gusten, o eso creo, sino porque suponen reflexiones y selección de estrategias distintas enfocadas hacia el futuro; me permiten saber qué quiero y qué no, dónde pongo los límites y dónde puedo relajarme. Dónde saber gritar que ya basta por no sentirme valorada y a qué dedicar esfuerzos pues la recompensa en un tiempo será la adecuada.


    No puedo esperarte y tampoco cambiarte; creo que nunca lo he pretendido, pues siempre fui consciente de nuestros mundos distintos. Querer y ser querido debería ir unido pues, ¿no es el peor de los martirios el saber que no es correspondido? Llevo días escribiendo sin sentido para ponerle fin a este romance idílico que consideraba real, pero no lo ha sido. En mi cabeza siempre será bonito, en la tuya ni existo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario